Fragmento gratis
Nostalgia, una era imaginaria
¡Ay Habana!
“Habana, si mis ojos te abandonaran si la vida me desterrara a un rincón de la tierra yo te juro que voy a morirme de amor y de ganas…”
Gerardo Alfonso
Llueve y la lluvia me recuerda lo distante que está de mi ese olor a tierra húmeda, a tarde plomiza, a chaparrón de mayo. No es mayo, pero las gotas del cielo siempre me regresan a esa infancia en que salíamos a embellecernos al balcón de la casa vieja de Centro Habana, a correr olvidados de Dios, con los relámpagos resplandeciendo nuestras cabezas: mi hermano, yo y en ocasiones Sailíta, una amiga perdida en algún paraje desconocido. Comentario aparte: dice la tradición que el primer aguacero de mayo pone lindo (no me consta). También el olor a polvo mojado es retorno en mi cabeza a otro balcón, al de la casita de Regla, cuando estallaban las lluvias primaverales y no había flores, porque es un barrio feo, pero estaban madre y padre y las historias que nos hacíamos para matar las horas de hastío y calor. En mi tierra hace más calor aún cuando diluvia (otro comentario…).
Ay Habana que te sueño y te nostalgio, como si fueras un ser querido, con toda la corporeidad del último adiós y el anuncio del pronto regreso. Te pienso Habana que te vas, que te alejas, que huyes, que te quedas, que vuelves en las noches más tristes a terminar de joderme en una eterna nostalgia de ti. Mi Habana de carencias, de largos paseos, parques descuidados, niños sarrapastrosos corriendo en los parques y en las calles. Eres más bella en mi recuerdo, pero de todas formas qué grata eres, qué amables son tus muros, murallas y aguas que de lejos llegan a mojar algunas piernas y muchas remembranzas. ¡Ah!, mi Habana sin límites, como también de pienso… Cómo he podido vivir sin ti este tiempo, cómo podré seguir viviendo y, pese a tu ausencia, ser feliz.
Nadie que no haya cortado raíces y suelo creería que puede doler tanto la distancia de unas calles, arboledas, luces (siempre escazas) y la voz de Gema y Pavel, tantos años atrás, con aquello de la “Palangana vieja”, la de Teresita (quien conozca mi ciudad sabrá a cuál canto me refiero).
“Nadie me puede asesinar desde que tú me quieres tanto”…, mi padre inunda mis manos al escribir sobre aquel otro mundo que a veces ya no me pertenece. Su frase acarició mis orejas, párpados, mi deambulante corazón (de condominio). Allí, en La Habana, me he dejado el más bello recuerdo de familia, la calma y muchas de mis pasiones. Me traje otras, traje amor, todas las penas del mundo y los ojos de Agnès flotando en mis pupilas.
Dicen quienes la visitan que La Habana es mágica. Aunque cada ciudad tiene sus encantamientos, sé que allí se mueve el hechizo que traen las olas del mar Caribe, por los grises de las tardes de vientos húmedos, pero sobre todo por esa agua azul, encantada, turbulenta, que lame orillas y arrecifes y trae peces, botas viejas, y alguna que otra moneda perdida entre los mantos de Yemayá.
La capital de todos los cubanos se erige en estas nostalgias como la conjunción de todo: La Habana Vieja, la Nueva, el malecón y sus accidentes geográficos y arquitectónicos, el cementerio de Colón, el bosque de La Habana, el río Almendares, dos o tres parques ruinosos, monumentos, construcciones, la Casa de Las Américas, la Cinemateca de 12 y 23, la Rampa misma, la estatua de Lenon, el Cristo, La Plaza de la Revolución, el memorial Martí en la Plaza…, la Plaza Vieja (con sus auténticas tonadas de música cubana volando entre cervezas, cafés y sones), la fortaleza de La Cabaña, la Bahía… y su aguas sucias, profundas, llenas de misterio. Finalmente: sus playas, las interminables aguas claras que llenan, en un horizonte infinito, sueños y otra vez, nostalgias.
Todo lo demás es todo lo demás: los tambores, los toques, las minifaldas, el calor, el letargo en las tarde hirvientes, el helado de Coppelia, las estrechas y anchas avenidas, los libreros de La Plaza de Armas, los palacios antiguos, las ruinas de los palacios antiguos, la Ceiba del primer Cabildo, la Bodeguita del medio, el Paseo del Prado, el Zoológico de 26, la Catedral, el Parque Central, el Gran Teatros de La Habana, … el Nacional, el Capitolio, el parque de la Fraternidad y la Ceiba de La Fraternidad en el centro del Parque. También las calles más sucias y tenebrosas de la historia colindan con el impecable casco histórico, casi hermoso, como la Isla que descubriera el Almirante cinco siglos atrás.
En cada uno de estos rincones me dejé un recuerdo o dos. En algunos, miles. Hay un pedacito de muro del malecón, justo en esa curva donde la Bahía entra y el sol se pone cada tarde, que marca la distancia más cercana, sobre las aguas, del Faro del Morro; ese es mi pedacito. Nadie lo sabe hasta ahora. Infinitas tardes, sola, acompañada (quienes me acompañaron sí lo saben), he husmeado crepúsculos sentada sobre dos metros de piedra firme con olor a sal, mirando con los ojos de futuro; sintiendo, con las ganas de ayer, cómo el agua de mar escurre mis ilusiones y las luces de la avenida roban suspiros y todas las nostalgias, una vez más, las nostalgias. En esa esquina es donde más te he sufrido, Habana, donde te extrañé antes de suponer que te perdería. Desde allí, cigarro en mano, he evocado tus dulces cantos, cada tierna melodía, cada abrazo de las muchas despedidas, cada ojos que cruzaron mi vida, cada esperanza y plegaria por mañana. Hoy sé que tendré que regresar a ese rincón de tus oscuras noches, incluso si no volviera nunca más.
Hay un parque también, de mi niñez, donde bailamos carolinas y sembramos una mata de mamey que al parecer nunca dio mameyes, pero nos hacía ilusión pensar que sí. Hay un parque por donde estudió mi madre y donde pasábamos para ir al estadio Latinoamericano a ver a Industriales discutir el campeonato de pelota con Santiago. Hay un parque con unos bancos largos, fríos y sombreados de árboles, que mis manos recorrieron muchas veces, que compartí con mis primeras amigas, donde me enamoraron por vez inaugural como a los 6 años, donde dormí siestas y vi carolinas, flores, vainas y cagadas de pájaro caer de lo alto, como si realmente fuera mágico ese cachito de ciudad. Allí, a ese parque, el Nguyen Van Troi, más conocido como de la Normal (aunque fonéticamente le decíamos del anormal), van mis latidos cuando rememoro los días de una ya lejana infancia.
Igual existe una casita, en la calle Llinás, entre Márquez Gonzáles y San Carlos, en el mismísimo corazón de Centro Habana, el número 118, donde perdí la memoria de haber sido feliz. Ese primer balcón donde mi hermano y yo corríamos, montábamos carriola, patines, pies; empinábamos papalotes y chiringas. Esa eterna barbacoa, hoy roída por el bárbaro transcurrir del tiempo, pervive en mis recuerdos. Nuestras camitas, juguetes, libros, canciones de Ma y cuentos de Felo… Además nuestra azotea por donde saltaban gatos y palomas, y otra vez gatos que luego se quedaban a vivir. Esa escuelita amarilla que desde mi ventana veía, cuando por privilegios de cercanía, la tía abuela nos regresaba temprano a casa. En esa mansión de principios del siglo XX, descolorida, derribada ya, también hay una amiga rubia saltando, con la muñeca en brazos, con su lunar café en la mejilla y sus lacios cabellos casi transparentes cayendo sobre los hombros limpios. Esa primera amiga trae sonrisa abierta, es una niña blanca, como de papel, ríe y habla alto. Hoy no tengo idea de dónde estará, ni quién será.
Ese parque, aquel rincón de malecón por el que llegan los barcos, y mi casita destrozada de tanto vivir, son los tres recuerdos más pegados a mi eterna Habana. Con ellos viviré, los llevo de valija, de equipaje, como compromiso, como prueba irrefutable de que a esa ciudad sí pertenezco, o quizás, alguna vez pertenecí.
Los huracanes…, y pido perdón a todos los que perdieron un hogar bajo los vientos violentos y las lluvias interminables, incluida yo. Cuando llueve en esta nueva ciudad que habito, no puedo menos que revivir esas tardes de ciclón, sin electricidad, sin agua, ni clases, ni trabajos, bajo la furia terrible de todos los orishas. Perdónenme por mi crueldad; ciertamente, muchos en la Isla han quedado bajo aguas, lodos y penurias, pero yo vuelvo el rostro a la casita de Regla, en el balcón, fumando, jugando a las películas con padres y hermano, a la luz de las velas, comiendo todo lo que quedaba en el refri para que no se eche a perder; “primero en la panza que en la basura, pues”. Los truenos y su impacto estremecedor se me antojan condimentos de las más bellas tardes de mi adolescencia. Metales y polvo y gajos y ramas de matas vuelan, hasta recordarme que allí viven Pa y Ma y vivió la perrita Wendy. A las severas tormentas le seguían siempre varios días sin ir ni al colegio ni a los trabajos. La falta de corriente y los destrozos de cada tempestad con nombre dejaban más deshecha nuestra ya desbaratada ciudad. Mientras, yo era increíblemente feliz. Llevamos años diciendo que el próximo ciclón fuerte se lleva lo que queda, por eso es que pido perdón por invocar los huracanes como momentos maravillosos. Así los ven mis ojos, aniquilados por la nostalgia, sin ánimos de ofender.
Muchas ocasiones te canté Habana, como una alameda de paz, plena de suave sabor a música, a granos de café y aromáticos puros. Te llevo pegada a la planta de los zapatos. No me puedo desprender de ti. Mas quiero dejarte en casa, a descansar, para que no me lastime siempre tu distancia.
Ya no viven allí los amigos de siempre, ya no respiran todos los humanos que adoré, pero quedan los poemas, el cañonazo de las 9 (que cerraba puertas a la muralla), el sonido del agua de la Bahía y sus botecitos con nombres de mujer, las cuadras adoquinadas y antiquísimas, las construcciones coloniales, neocoloniales y las que ya no soportaron el transcurrir de tantos años.
¡Ah¡ mi hermosa ciudad de las columnas, si te pudiera sacar de mi un instante. Si te pudiera dejar en estas líneas y ya, seguir huérfana de ti, de tus olores, de tus verdes, de tu gente, de tu mundanal locura, de tu historia. Si pudiera, Habana, lo haría, por un tiempo al menos. Tu peso es demasiado grande para llevarlo a cada tierra nueva. Tus suelos y solares y mares inundan mis ojos y me ciegan ante las sombras todavía vírgenes, no fotografiadas. Tus balcones cayendo a trozos sobre las aceras destruidas, hieren mi iris y mi cuerpo en cada regreso, y rasgan un pedacito más de alma en cada partida.
¡Ay Habana!, déjame seguir, olvídate de esta habanera triste, déja que me lleve todo sin que pese; mejor, quédate, pero duérmete ahí, en un pedacito cerrado de corazón, entre sones, cha cha chas, farolas sin luz y viejas y distantes melodías de amor.
¡Alguien tiene que apagar el Faro del Morro! Yo ya me fui, aunque me quedé. Pero si todos corrieran apresurados, si no permaneciera nadie, para que su luz no se hunda y en el futuro ilumine a nuevos navegantes, yo volvería siempre a sus eternos muros impregnados de toda la nostalgia hirviente, triste, sola, a fuego dentro, en mi último pedacito de adiós.
Gabriela Guerra Rey