Gabriela Guerra Rey
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Fragmento gratis

Avándaro

Muerta de miedo

"Si registro lo que está al alcance de mis manos,
veré mejor mis propias manos. Si pinto mi aldea
(así sea mi aldea adoptiva) me pintaré a mí mismo".
El país del escritor
GUSTAVO VALLE

Miré a Nicolás a través de la larga mesa de cedro. La derrota dormía siesta en sus ojos gastados. El hombre que vivió una vida en la piel y otra en la memoria miraba por la ventana, distraído, ajeno al presente. Mientras, yo escudriñaba, alerta, el futuro pesaroso que profetizaba su contemplación al vacío.
Ese día yo cumplía veinte años; la edad que tenía mi madre cuando me embarcó en este peregrinar. A ambas la vida nos enfrentó a nuestros destinos casi antes de haber nacido. Fue necesario violar las fronteras, sobre todo, las del tiempo. Esa, como cada tarde de mis festividades, las tataguas llegaron y se adosaron a las sombras de las hojas en los árboles del bosque. Desafiaban el calor tórrido y las largas lluvias crepusculares que pronto comenzarían. En la familia estábamos convencidos de que venían de Bahía de Sal. ¡De dónde más podían ser las brujas!
Hace dos décadas y un verano llegamos a Avándaro, casi completos. Solo el abuelo Martín no pudo participar en la aventura de levantar la casita del bosque. Ni en el desvelo que nos atrapó durante varios meses, cuando nos hicimos conscientes de haber dejado atrás absolutamente todo. Aunque su familia fue pionera en arengar del pueblo hasta la isla, y de ahí a donde se pudiera o nos llevaran las corrientes oceánicas, solo a él se lo comió el tiburón delante de nuestros ojos. Yo aún estaba en la guarida del útero, pero siento que lo vi todo.
Ilustrados y pobres. Nuestra memoria familiar está tan inundada de musarañas, que no he logrado dilucidar, a la fecha, cuál desesperación apisonaba mi gente —o aquella gente—, para disponernos conscientemente a sacrificar a algunos de nuestros hijos al océano, los escualos, la insolación, la deshidratación, el desamparo de las vidas en incertidumbre perenne. ¿Era preferible la pérdida física que la de la fe? ¡Con qué fuerza se parte de la aldea perdida y con qué desidia vivimos hoy la aldea adoptiva!
La desaparición del abuelo, sin tiempo de hacer duelos ni convulsiones en el alma, fue el principio del alzhéimer de María. A ella que nada podía lastimarla, excepto la tristeza.
El viejo deja clavada la retina en el horizonte, que frente a la ventana en la que se halla, es de montañas verdes, y un cachito de lago en el borde de la derecha. Yo lo observo a él. Busco su atención. Su complicidad. Pido mucho. No me ve, ni siquiera sabe que estoy en la misma habitación, que hoy es mi cumpleaños. Su brazo se recuesta en el piano y hacer sonar una tecla desafinada. Serafín salta a sus piernas. Él lo acaricia con la misma inercia de mirar. Se adaptan con despreocupación el uno al otro. Yo sigo recordando lo que creo que tengo que recordar para escribirnos. Me lo ha recetado el médico, «para que mantenga viva la memoria y, de paso, nuestra historia», dijo. Tal vez me ayude. Me siento vulnerable al futuro del olvido que parece aquejar a las mujeres de la familia materna. Hace poco me contó la abuela que su madre y su abuela, ambas, se volvieron locas. ¿Las certificó el doctor? «No, allí en su pueblo las certificaba el taumatorgólogo», dijo Marian interviniendo la conversación. Era el adivino, brujo, curandero. Hombre de oficios múltiples. El arte de la taumaturgia es el poder de hacer prodigios. Fue quien las certificó de locas. Desde ese día Bahía de Sal asumió la locura como una gripe, que se vuelve crónica, maltrata los pulmones y la gente vive tanto tiempo enfermo que, cuando finalmente muere, nadie se entera. A María le pasó cuando llegamos a Avándaro sin el abuelo.
El alzhéimer moderno, hoy se sabe, durante siglos fue catalogado de locura. Y mis antepasadas, sin excepción, enloquecieron todas. Mis temores, debo admitirlo, no responden solo a los riesgos de la herencia, sino a que a veces olvido cosas, las reinvento… Aunque todos se quejan, para mí es una cualidad. El sagrado acto de obligarme a tener otra vida. En el mundo del cuaderno soy dueña de todas las cosas y practicante del libre albedrío. Construyo aventuras de héroes muertos y montañas salvadas, desentierro a la bruja, enjaulo a la princesa, vuelo, siempre vuelo. El mar es mi barrio; respiro mejor adentro que fuera. Soy invencible en las artes del amor y tengo un don especial, puedo cantar como un ave, como una diosa, como una sirena. Domino la voz y conquisto con ella. ¿Por qué querría escapar de aquí?
Hace siglos mi gente erra en busca de la tierra prometida ¡Cuánto me hubiera gustado que fuera esta! Me cuestiono que todos vean la partida como mi única opción de destino. Piensan que es lo mejor. A pedido de mi madre, veo al sicólogo dos veces al mes. Voy hasta el centro del pueblo. Hago todo lo que él me indica. El hombre se sabe la vida de cada familia de Avándaro, y no escatima en detalles. Por ese solo hecho no me cae. Mientras lo observo, en la consulta, doy rienda suelta a lo de construir mundos. Convierto al doctor en un corderito tonto, o una llama que sonríe y escupe, a la que le suceden cosas inesperadas y terribles. Así soporto. Podría decir que hasta me divierto. Isidro, que se llama, me pide que escriba. Tiene que ver con el extravío casi definitivo de María, eso pensaba. Hasta que mi madre se sentó a contarme un sinfín de anécdotas sobre mis propios olvidos. En todas yo protagonizaba un desvarío de la memoria, y alguna cosa «importante» se quedaba por hacer. Antes creía que era cantaleta de Marian, que se ha puesto peleona.
Le temo a mi historia que se me vuelve memoria dentro; a los malestares del espíritu que se enfrenta a los perennes demonios. Hoy que comienzo a escribir estas vidas, estoy muerta de miedo.